dimarts, 24 de gener de 2012

Martín Girard


Tres catorce dieciséis

Procopio está preocupado. Ha perdido la memoria. No se acuerda de lo que pasó el miércoles en el Bernabéu, ni quién dio a quién un pisotón en la mano ni por qué ni para qué. No acierta a recordar qué clase de actividad deportiva se estaba practicando ni cuál era el propósito de tantas patadas dadas, ni el nombre de quién las daba, con o sin balón. Menos aún recuerda aquella Copa que el año pasado era un preciado trofeo y este año ya no. Barrunta que, a lo mejor, se cayó de un autobús y se abolló.
Procopio está tan preocupado que casi piensa en pareado. Tiene además la sensación de vivir en un país en el que se premia la corrupción. La otra noche, sin ir más lejos, soñó con una jauría de jueces feroces que, togas al viento, perseguían a uno de los suyos para crucificarle desnudo por intentar averiguar lo que todos sabemos.
A la mañana siguiente, el deprimido Procopio asumió con gregaria resignación que los árbitros y los jueces tienen siempre razón, hagan lo que hagan y digan lo que digan, por injusto, absurdo y estúpido que nos parezca al común de los mortales. Lo sospechoso del caso es que estos magistrados, habiendo estudiado lo mismo, tengan criterios tan diferentes. Pero lo que de verdad preocupaba a Procopio no era la estulticia, ya glosada por Erasmo, sino la pérdida de memoria que ponía en solfa su proverbial erudición balompédica, así que acudió, sin cita previa, a la consulta de una psicóloga paranormal, argentina para mayor redundancia, llamada Georgina Tres Catorce Dieciséis por sus matemáticos desvaríos y más conocida como Gina Pi.
Todo parecido con Lauren Bacall en Mi desconfiada esposa no era pura coincidencia: cambiaba de vestido en cada secuencia. Tampoco era casual su semejanza con Sharon Stone en Instinto básico: curaba los traumas en un cruce de piernas. Por lo demás, afortunadamente, no existía similitud alguna con Freud o Poincaré, salvo en el intelecto. El poder mental de Pi coexistía en armonía con una prodigiosa intuición femenina solo equiparable a su belleza.
Procopio recuperó la memoria nada más verla. Pero, para justificar la perentoriedad de la consulta, pretextó no saber quién era Mourinho, lo cual, en estos días, podía interpretarse como un síntoma más grave que haber olvidado el propio nombre. "¿Y quién es Mourinho?", preguntó ella, a su vez, cogiéndole a contra pie. "Un entrenador de fútbol que manda más que el presidente y cuyo dedo señala los derroteros del club, sacando de quicio a los jugadores, exacerbando a los graderíos y poniendo en peligro el histórico prestigio de un equipo legendario", respondió Procopio, cayendo en la trampa que él mismo había propiciado.
"¡O sea que sí sabes quién es Mourinho!", le regañó Gina Pi, "Y, por si cupiera duda, acabas de utilizar 39 palabras y 189 letras para lo que bastaría una palabra de ocho letras". "¿Qué palabra?", indagó Procopio con la sonrisa turulata de un pato mareado. "Solo te diré que empieza con D de Dinamarca", dijo Pi con la expresión pizpireta de Mitzi Gaynor en Las Girls.
"Dantesco, dentista, disloque, destino, difteria, desayuno, desacato...", aventuró Procopio. "Frío, frío", le cortó ella. "Dactilar, dadaísmo, damisela, danzador, deplorar, deprimir, depravar...", insistió él. "Me parece que no has perdido la memoria sino la cabeza", dictaminó Tres Catorce Dieciséis, y dio por finalizada la sesión.
Al cruzar desolado la sala de estar, Procopio se topó con el pasajero K. Un personaje recién salido de un libro en cuyas páginas peligraba su vida y que, según pensó Procopio, buscaba refugio en brazos de Gina Pi. De repente, para sorpresa del celoso paciente, K le habló: "Si anda buscando una palabra de ocho letras que empiece por D de Dinamarca y defina la personalidad de un tal Mourinho, la palabra que busca solo puede ser una: dictador". Dicho esto, el misterioso personaje entró en la consulta. En vez de patear la puerta a la manera de Pepe, Procopio pegó la oreja. Lo que oyó fue algo inaudito: Pi le decía a K que, este año, el triplete lo ganaría Florentino. No era un augurio. Se lo había sonsacado a un árbitro en el diván.

Martín Girard és el pseudònim d'un conegut director de cinema.