dimarts, 28 d’agost de 2012

Granada


Después de algunos años he vuelto a Granada, la ciudad de una parte de mi infancia y adolescencia.
Tiene razón quien afirma que las vivencias de la época en que se forma tu personalidad, te marcan de una forma especial. Los años de Granada y los primeros (en Roses y Girona) en una Catalunya pre democrática, han configurado, sin duda, mi visión del mundo.
Puedo estar muchos años sin ir a Granada, sin echarla a faltar, no tengo allá ningún referente afectivo ni familiar, mi relación no es con la gente, que me tratan como a un turista más, por mucho que pretenda recuperar un acento que no sé si he tenido nunca.  El objeto de mi atracción es la ciudad o mejor,  una mezcla de la ciudad de mi adolescencia y la actual.
Creo que no es una afirmación interesada decir que Granada  es la ciudad (de sus dimensiones) más atractiva que conozco, con ese componente mágico que tienen pocos lugares del mundo.
La ciudad menos conocida, trufada de monumentos renacentistas y barrocos, la Cartuja, la excesiva catedral, la magnífica capilla real y el barrio colindante… la plaza Bib rambla.
El recorrido desde la plaza Nueva, santa Ana, carrera del Darro hasta el Paseo de los tristes. El triángulo de la calle Elvira y la Calderería Nueva y Vieja, hoy repletas de teterías en una ocupación pacífica de magrebíes. El mágico Albaicín y el mirador de San Nicolás. La indescriptible montaña de la Alhambra y el Generalife. Es difícil recordarlo sin emoción.
Sólo por poner una pega, producto sin duda de la globalización del comercio: ha desaparecido la actividad artesanal local, activa en otras épocas, el cobre, el damasquinado, la bisutería, el textil, incluso la cerámica, han sido sustituidas por productos estandarizados y en apariencia de un mayorista común.
Me gusta tener el privilegio de sentir a Granada como una cosa propia.