dissabte, 17 de gener de 2009

Regal sofisticat

A casa, malgrat que l’edat de les joguines fa temps que ha passat, encara fem regals pel Tió i per reis.
Aquesta vegada l’Eduard, la Clara i la Blanca, en una indubtable sobrevaloració, s’han “currat” un regal especial: dues versions de la segona de Mahler, una, dirigida pel Simon Rattle i l’altre pel Gilbert Kaplan.
Per compensar els meus dèficits musicals, i aquest és el regal de veritat, acompanyen als cd’s la traducció d’un article de The Economist.

Gilbert Kaplan. Buscando a Mahler desesperadamente .
27 de noviembre, 2008
The Economist


A pesar de dirigir solamente la segunda sinfonía de Mahler, Gilbert Kaplan ha cambiado radicalmente la percepción del compositor que tienen tanto la audiencia como otros músicos.
Tanja Niemann

Un sábado de abril de 1965, un economista del American Stock Exchange asistió, invitado por un amigo, al ensayo de una orquesta en el Carnegie Hall. Contempló, impasible, cómo Leopold Stokowski, anciano director de orquesta, conocido por sus trabajos en Hollywood, sobre todo por la película Fantasía, se pasaba la tarde entera arrancando y deteniendo la Segunda Sinfonía en Do menor de Gustav Mahler. El economista no le dio importancia al hecho hasta que, esa noche, insomne y dando vueltas en la cama, empezó a obsesionarse con la pieza que había escuchado. A la mañana siguiente compró una entrada para el concierto y, mientras lo escuchaba, empezó a “sollozar, totalmente histérico”.
El mismo joven pondria en marcha, poco después, un negocio en el mundo editorial que sería su profesión en adelante. Con 100 000 dólares prestados por Gerald Bronfman, un magnate del whisky, y otros 50 000 procedentes de bancos, amigos y sus propios ahorros, Gilbert Kaplan, de 24 años, fundó Institutional Investor, una revista mensual que reunía a banqueros, analistas y gestores de inversión. En poco tiempo se convirtió en un medio de comunicación esencial del mundo de las finanzas y atrajo a 150 000 suscriptores de 140 países. Al final de la década de los 60, Kaplan ya era millonario y se tuteaba con ministros de finanzas y banqueros de todo el mundo.
Pero, seguía obsesionado con la sinfonía de Mahler. En los años siguientes asistió a todas las representaciones a su alcance, conoció a su futura esposa en una representación de la obra en el Royal Festival Hall de Londres. Como la obsesión crecía, acabó tomándose 18 meses sabáticos para estudiar la partitura y comentarla con directores como Leonard Bernstein, Sir Georg Solti o Leonard Slatkin.
En septiembre de 1982, tras una cumbre del Fondo Monetario Internacional, arriesgó su reputación dirigiendo la American Symphony Orchestra en una representación privada para financieros y políticos en el Lincoln Center. Un antiguo primer ministro británico, Sir Edward Heath, también director musical aficionado, lo definió cómo "una hazaña destacable". Se quedó corto.
La segunda sinfonía de Mahler, conocida como "Resurrección" por su enardecedor clímax coral y su temática religiosa, es una de las más difíciles del repertorio, una obra épica en la que participan una enorme orquesta, un coro, dos solistas vocales y un grupo invisible, fuera de escena, de metales y percusión, que rara vez consigue entrar en el momento justo. Con el argumento de la vida en la tierra como tema, su complejidad a menudo frustra los esfuerzos de los más famosos directores.
Que un simple aficionado consiguiera finalizar la pieza, sin perder el control en el extenso último movimiento, fue el equivalente a una revolución musical. En círculos privados, Kaplan admite ahora que si los músicos no hubiesen conseguido seguir el tempo que les marcaba, o si la melodía se hubiese desmoronado (cosa que, en ocasiones, ocurre bajo las mejores batutas), su plan alternativo era girarse hacia la audiencia y anunciar: "Damas y caballeros, la cena está servida".
Su hazaña, por discreta que fuera, tuvo gran repercusión en el mundo de la música. Durante los años siguientes, Kaplan recibió invitaciones para dirigir orquestas de primera línea mundial: en La Scala de Milán, en Munich, en Viena, en la apertura del prestigioso festival de Salzburgo y en el estreno de la obra en Pekín.
Su grabación de 1985 en Cardiff ha vendido más copias que las de Bernstein, Pierre Boulez, Claudio Abbado o cualquier otra. El próximo 8 de diciembre, su odisea alcanzará la apoteosis emocional cuando dirija esta pieza con la Filarmónica de Nueva York, en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center, exactamente 100 años después de que el compositor dirigiera a la misma orquesta en la première americana de la obra.
Aunque para el ya retirado editor pueda tratarse simplemente de una grata simetría, los resultados de su atrevimiento han acabado teniendo un gran alcance. Kaplan está considerado el principal experto en la segunda sinfonía de Mahler, y muchos directores profesionales le consultan acerca de detalles de la obra. Fue el primero en incorporar pantallas y cámaras para comunicarse con la banda fuera de escena, un recurso habitual en las interpretaciones recientes.
Además, es propietario del manuscrito del compositor, que adquirió a una fundación holandesa en 1984 y que publicó en facsímil, obligando a la Universal Edition de Viena a imprimir una nueva versión corregida de la partitura, fiel a las últimas anotaciones de Mahler. La Filarmónica de Viena interpretó por primera vez la versión corregida de la obra bajo la batuta de Kaplan, siendo la mayor satisfacción para el director, el momento en que la sección de metales, que habia tenido dificultades durante una sesión de grabación para incorporar las modificaciones, tocó el mismo pasaje once veces sin perder la concentración, hasta conseguir hacerlo exactamente como Kaplan quería.
La implicación de Kaplan con la segunda sinfonía la ha convertido en la obra más popular de Mahler, desviando la atención del público de la morbosidad de sus últimas composiciones. Gracias, en parte, a la intervención de Kaplan, se ha modificado la imagen de Mahler como compositor de la fatalidad, muy extendida durante largo tiempo.
Que un soñador sin formación académica, pueda enseñar a profesionales cómo dirigir una obra maestra es una fantasía que muchos comparten, pero que pocos consiguen hacer realidad. Después de dirigir la obra por primera vez, Kaplan dijo: "Tenía la sensación de que el público me instaba a hacer realidad mi sueño. Esa noche estaban conmigo en el atril cumpliendo sus sueños, jugando al baseball con los New York Yankees, escribiendo el libro que nunca escribieron o consiguiendo a la chica que nunca tuvieron."
El suyo ha sido un triunfo de la ambición sobre lo inextricable, una realización de la fe que Mahler tenía en la idea de Arthur Schopenhauer de que la voluntad humana puede superar cualquier fuerza sobre la tierra. O, en una retórica más contemporánea y Obamista, "Sí, podemos".