diumenge, 3 de gener de 2010

Todo es mentira

Todo es mentira menos tú
Y si lo fueras, te lo suplico, miénteme.
(luis eduardo aute)

Esta canción la cantaba Aute al final de la década de los ochenta. Si bien en la canción hay un trasfondo político, él, como tantas veces, lo lleva al terreno de la redención por la sublimación sentimental.
Los mecanismos mentales no son tan distintos en otros campos, el autoengaño y el convencimiento de que el mundo antes de nosotros no existía, forman parte de la configuración ideológica de siempre y, ahora, de algunos de nuestros amigos.
Es cierto que, en los últimos años, hemos vivido una auténtica revolución en el campo de la tecnología y de las comunicaciones, pero ¿ha cambiado algo esencial? Ha cambiado el medio, pero, ¿y el contenido?
Simplificando, podríamos aceptar que desde la revolución francesa, el mundo se gestiona por un sistema, el capitalista, en el cual los distintos actores (clases, sectores, grupos...) han tenido privilegios, poder y capacidad de cambio, en función del resultado de las diferentes confrontaciones (económicas, ideológicas, electorales, incluso físicas).
Las ideologías de la izquierda (como las religiones monoteístas) tienen un origen común: Voltaire, Rousseau, Proudhom, Marx, Bakunin, incluso el primer Lenin, bebían de las mismas fuentes y tenían como objetivo la libertad y la igualdad de todos los seres humanos.
Hasta hace pocos años, eran ellos, con alguna aportación local, nuestros referentes y la inspiración contra nuestras dudas. Aceptando el fracaso, sin paliativos, de las fórmulas comunistas, que de hecho han supuesto un retroceso en la lucha por la libertad, la socialdemocracia como fórmula de conquistas de parcelas de libertad, a través de la negociación y la gestión, y el socialismo libertario, como referente utópico permanente, han conformado el substrato ideológico de varias generaciones de izquierda.
Ahora hay quienes hablan de una nueva cultura política, de hacer política con mayúscula, de superar el binomio ideología-identidad, que me suenan, en el mejor de los casos, a frases huecas, y en el peor, a planteamientos de superación reaccionarios.
Ideología (de izquierdas) e identidad no es un binomio, es una contradicción, y su superación, una hipótesis falsa. La identidad, como elemento de definición política, es siempre un concepto conservador, no cuela lo de anarquista con estelada, y el nacionalsocialismo ya sabemos lo que fue y lo que será si le volvemos a dar pie. El ni dios, ni patria, ni rey, no deja duda respecto al alcance de la oferta... y el socialismo, como decían los abuelos, no tiene fronteras.
¿Profundizar en la democracia es una novedad? ¿No nos estaremos confundiendo? Es la base del pensamiento de la izquierda desde hace al menos cien años, o al menos desde que se llega a los gobiernos a través de elecciones.
Recuperar la Arcadia, la aldea original, la vuelta a los orígenes, previos a la corrupción que engendra el poder, es un planteamiento tan antiguo como la historia, lo pretendían los taoistas chinos hace 4.000 años, Epicuro en la antigua Grecia hace 2.500, está en la base del pensamiento romántico, en el anarquismo colectivista del siglo XIX, en las experiencias de la segunda república, en el cooperativismo, en los hippies, en las experiencias de las comunas y los ocupas de las últimas décadas, experiencias ingenuas pero enriquecedoras de una absoluta radicalidad conceptual.
Vale, volvamos a la aldea, y qué hacemos con el resto del mundo. Pongamos más fronteras, y ¿qué hacemos con los que quieran atravesarlas? ¿Qué hacemos con el sacrosanto principio de la propiedad?
Y, mientras, el mundo avanza en su complejidad y el poder se organiza de una forma más sofisticada y compleja. Contra eso no oponemos una rosa y un puño, sino una mano abierta y un lirio.
Como decía un viejo anarquista: es como mearse en las paredes del Banco de España. Además, ahora será mucho más difícil hacerlo en el Bundesbank (está más iluminado).
Pero qué importa, son los demás los que se equivocan. Todo es mentira menos tú.